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Ser de River y caer desde la cima de una escalera.

Los accidentes son así, inesperados y brutales. Podés caer desde la cima de la escalera de un micro de doble piso cuando llegás de Mar del Plata y que nadie se preocupe por vos e ir arrastrando el pie a tu casa y al hospital para descubrir que se quebró tu tobillo y  que no hay nada que puedas hacer más que quedar inválido por meses, sin poder moverte sin dolor en todo el cuerpo. Una parte que se rompe, todo rompe.
Pueden suceder como le ocurrió al amigo de una amiga que toma una foto de su compañero y del mar y es su última postal de la costa antes de que sea atropellado por un vehículo que lo levanta por el aire y huye y las consecuencias y el futuro de su viaje sea no saber si vas a despertar y 15 operaciones por delante y un horror de tiempo para volver a estar de pie.
En Darse Cuenta (1), de Alejandro Doria, Juan, el personaje de Darío Grandinetti le pide al Doctor Ventura que interpreta Luis Brandoni, que lo mate. Tirado en la cama de un hospital lleno del abandono de principios de los 80’s no quiere quedar ahí encerrado en un cuerpo que no controla por un accidente que lo estrelló al cruzar una calle. Pero el médico también está de alguna manera inmóvil, lleno de la anestesia de la indiferencia, sobresaltado por la mano del moribundo que busca la otra mano desde el sueño en el que se encuentra.
Sin manos en los brazos regresa uno de los soldados de la guerra en Los Mejores Años de nuestras vidas (2), de William Wyler, héroes de una guerra victoriosamente inválida. Tiene ganchos que le permiten jugar a tocar el piano y no puede abotonarse la camisa, pero los otros soldados, los que parecen enteros, tienen tantas heridas que la felicidad de la posguerra se cae como un cartel mal pegado de publicidad porque todos sobreviven en guerras sórdidas y pequeñas en el día a día en el que el futuro está lleno del pasado. Aunque todo se quiebre y se vuelve a soldar, ya no hay más que pedazos.
Ahora que siento cierta decepción inútil cuando encuentro gente muy cercana que se olvida que las cosas valen por lo que fueron y no por lo que se venden y quiere tener más  y más, como si eso fuera a darles una nueva vida, un futuro distinto y sin dolor, también pienso en la película Un Hombre sin Pasado (3) de Aki Kaurismäki, en la que al protagonista M le queda de su pasado apenas una inicial de lo que fue, porque lo roban, y lo golpean y lo dejan herido y sin recuerdos. Y entonces M al perderlo todo tiene la oportunidad de inventar lo que pudo ser. Mejor casi muerto, sin memoria y sin identidad, robado e inconsciente que en una vida de mentira. Perderse y caer, vendado en la sala fría de una guardia de urgencias, triunfalmente miserable en el pasaje de volver, ya  para no ser para ser sino uno nuevo porque nada se tiene porque nada se tuvo realmente.
Las rehabilitaciones son lentas y llenas de dolor, pero en todo caso, al regresar, ya no estaremos como entonces fuimos.
Cuando mi amigo Carlitos Alejandro llegó al hospital yo no supe o no quise o no pude saber qué ocurriría, porque hacía años que ya no lo veía, porque no podía ver cómo caía y no dejaba de caer por su fidelidad al dolor y al alcohol que yo no pude ni tolerar ni respetar. Y cuando murió tomé consciencia tarde de lo irreparable que es el abandono y que el abandono es un objeto que no se puede perder. Tengo la última imagen de él acostado en la sala de la clínica y a su hijo cuidándolo, sosteniendo amorosamente el suero al acomodar su cabeza en el almohadón con el escudo blanco y rojo de River para que descansara en el final.
Muchos, demasiados años atrás, en una improvisado y repentina reunión general de mis compañeros de la primaria que solo la democracia de niños en la escuela puede tener, todo el grado decidió que debía elegir un club de fútbol, porque no era posible que no tuviera un cuadro pintado en la carpeta y no supiera de los héroes que jugaban los domingos por la tarde. Mi padre detestaba el fútbol y yo desconocía de quiénes eran esos nombres que citaban ellos. Así que todos desfilaron, expusieron y defendieron un club, el equipo de sus amores: el hijo del carnicero y el que sería el abogado de Menem, el que murió en Malvinas y el que sería Testigo de Jehová, los mellizos y el primo y otros de lo que ya no supe nunca, en una presentación improvisada en el aula nombraron las leyendas de esas camisetas. De San Lorenzo, de Boca, de Independiente, de otros clubes que no recuerdo y de otros más de un listado de una revista que contenía todos los clubes del país. Elegir por los colores, o por el nombre. Elegir al club que te acompañará en la vida por la tradición de un padre o por la simpatía a un tío borracho o por la historia que te cuentan los suplementos deportivos o los desconocidos que te cruzan o influenciado por los vecinos del barrio. Elegir por el pedido de tus compañeros de primaria o por la fidelidad a un amigo. Elegí a River que era el cuadro de Carlitos Alejandro por él, porque supongo que me gustó que entonces River hiciera años que no ganaba, porque las grandes historias ocurren cuando parece que será imposible y que nada bueno ya sucederá, y acaso, porque esa camiseta blanca parecía tener una línea de sangre que la cruzaba, como si fuera un corazón que se volcaba. Ahora, hoy, que todo cruje porque intento caminar meses después de caer por una escalera, me acuerdo de Carlos Alejandro y de su hijo y de la fidelidad, de lo inexplicable que es querer a un amigo y que aún ausente e invisible es imposible de abandonar y brindo por él que fue un hombre bueno y por el hijo, y también porque él lo fue, y porque su hijo es y porque cuando era niño me hizo de River (4), y le agradezco que alguna vez defendió en un aula esos colores, cuando aún no imaginaba lo que era la muerte y lo que rompe y ni sabía del dolor de que un amigo muera, y porque esa mañana de decisiones vitales para un chico me hizo elegir la camiseta que tiene una banda roja que la cruza desde el pecho, como si una verdadera camiseta blanca no pudiera contener la sangre del corazón demasiado grande que la lleva.

Roberto Camarra 18 de mayo de 2014.

1.- Darse Cuenta. Dirigida por Alejandro Doria. (Argentina, 1984). Con Luis Brandoni, Darío Grandinetti y China Zorrilla. 
2.- Los Mejores Años de Nuestra Vidas.(The Best Years of Our Lives). Dirigida por William Wyler. (Estados Unidos, 1946). Con Dana Andrews, Fredric March y Mirna Loy.
3.- Un Hombre Sin Pasado. (Mies vailla menneisyyttä). Dirigida por Aki Kaurismäki. (Finlandia, Alemania, Francia, 2002). Con Markku Peltola, Kati Outinen, Annikki Tähti, Juhani Niemelä, Kaija Pakarinen.







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