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Nuestra ruta



Nuestra ruta

Ahora que nos cocinamos a fuego lento en las noches porteñas mientras al mismo tiempo arrasamos los bosques nativos en el interior y envenenamos las montañas con ácidos para extraer oro y depredamos los mares, aquí y más allá, como si no estuviéramos conectados en el mismo barrio planetario, es acaso el relajado momento del final del verano para leer la desoladora novela de Cormac McCarthy, La Carretera.

A diferencia de la conocida versión de Hansel y Gretel de los Grimm, no hay padre que abandone a los hijos en el bosque por el hambre. En parte porque ya no hay bosques y además porque el padre decide alcanzar el final sobreviviendo con pánico y abrigando al hijo con la inconsciente esperanza de un ángel protector, en lo que queda de un futuro muerto. El padre lleva al pequeño en una terrible travesía por el asfalto interrumpido de la ruta ya que los árboles se desploman y no hay nada que crezca de la tierra y no hay animal para cazar ni pez para pescar, apenas los restos de los sitios abandonados y lo que nos queda es impedir que los otros nos coman.

Porque la tierra, lo que queda de la tierra, es un sitio de caníbales.

Ahora que el Apocalipsis pasó, y no se levanten de la butaca porque viene lo mejor, con meteoritos, tsunamis y hambrunas, mientras comemos pequeños postres artificiales en envases descartables que tienen más plástico que una nave espacial, es la hora de visitar nuevamente esa horrible película llamada 2012 de Roland Emmerich, donde increíble, o bueno, coherentemente la gente más poderosa y rica del planeta se salva y se va en un barquito cuando todo se hunde por los polos que se derriten. Entonces es cuando esta buena gente decide abandonar y olvidar a los que no puedan pagar el pasaje y dejar que se ahoguen en el mundo submarino a todos los otros hijos pobres del planeta. Ahora, otra vez en las películas vienen en masa a comernos los caníbales como en Guerra Mundial Z (2013) de Marc Forster sobre la novela de Max Brooks en la que los zombies atacan de nuevo y llamamos a Brad Pitt para salvarnos. Para darnos cuenta tardíamente y para sorpresa nuestra que como en La Carretera, los zombies somos nosotros.

En la versión fílmica de John Hillcoat de La Carretera (2009) hay algo en el verde del césped y de los dorados del sol del atardecer que aparecen en los flashbacks que nos traen la melancolía de lo que ya no tenemos, la tristeza de la belleza que se fue. Pero en la novela, una desesperación derrotada lleva los sueños y las pesadillas del padre (interpretado en el film por Viggo Mortensen) con respecto a la suerte de su hijo. Y el arma cargada para la propia muerte es la única posibilidad antes que el horror.

En los 60s, y con Godzilla (Gojira de Ishirô Honda, Japón, 1954) vivo, los monstruos venían de las bombas. En Dr Strangelove: o como aprendí a dejar de preocuparme y amé la bomba (1964) la película de Stanley Kubrick, los cerebros planetarios crean una máquina del juicio final para que todo acabe explotando en caso de que alguien comience a disparar, con una voluntad de devastación única. Aquí también, como en 2012, pero en clave satírica, el proyecto de salvación de la especie es que unos pocos, (la gente más poderosa: militares, políticos, millonarios y modelos) se vayan a una cueva a cumplir el sueño de Hugh Hefner, y tener su propia mansión playboy para la reproducción de la especie, mientras los demás, (el resto del mundo) mueren.
Y el que lo propone es el Dr Strangelove (Peter Sellers). Asesor político y militar  de apellido enmascarado permanece en silla de ruedas y no puede controlar su brazo que tiende a extenderse en el rígido saludo nazi de su pasado contra su voluntad controladora para revelar lo que ocultamos aunque nos finjamos humanistas reconvertidos.

Mientras el calor sube en las noches y descansamos con temperaturas reguladas por los aires acondicionados que no nos permiten comprobar que el afuera hierve, año tras año cabalgamos, como en la película de Kubrick, las bombas de la destrucción con la felicidad en el rostro y un sombrero de cowboy.

Hijos abandonados o padres protectores: como el Jean Valjean, de Hugh Jackman en la versión de Tom Hooper del musical de la novela de Víctor Hugo, Los Miserables (2012).
Las buenas historias, como la tradición oral, tienen esas complicadas versiones infinitas, que van recreándose en las infinitas lecturas; de novela por entregas a versión para niños, de best seller a musical para teatro y luego película y por eso también, cada vez que hablan estas historias, sea en Hansel y Gretel o en Los Miserables, son reveladoras en sus significados sobre nosotros mismos en un tiempo y espacio, nos alertan sobre lo que sucede y sobre lo que nos espera.

Víctor Hugo pensó Los Miserables en el siglo XIX con la irresistible necesidad de pelear y de pensar, de creer y de vivir. Y esa necesidad de vivir es la del personaje de Fantine de la increíble Anne Hathaway en el film, que pierde el pelo y el cuerpo y los dientes para salvar a su hija; en la del resistente Jean Valjean fugitivo que es tan perseverante como su Némesis, el oficial Javert de Russell Crove, quien carece de la cualidad que a Valjean lo vuelve indestructible; la fe de cambiar para perdonar y de vivir para proteger.

 Nosotros somos miserables pero en otros sentidos, más cercanos al notable matrimonio Thènardier de Sacha Barón Coen y Helena Boham Carter, dueños de la tenebrosa posada que tiene cautiva a Cosette la hija de Fantine en Los Miserables sobrevivientes ambiciosos de los restos de los pudientes, alegres especialistas de la estafa y el robo.
O, y acaso también y afortunadamente, permanece en nosotros la miseria indestructible que impide que nos rindamos como lo es la de los padres que interpretan Viggo Mortensen y Hugh Jackman que creen aunque floten en un mar de angustia.

Padres sobrevivientes del horror con la desesperación de proteger que es lo que les permite vivir.
Arrastrando el carrito de lo inevitable, tratando de alcanzar el mar, escapando de los caníbales o de la policía del rey, sumergiéndose en las cloacas para emerger con la vitalidad, con la secreta esperanza de que otros padres continúen el camino y aprendan a cuidar y a cambiar, a luchar y vivir. Y a esperar a esos otros padres; que nazcan y que crean y que antes de que sea muy tarde ayuden a salvar a los hijos que nos quedan.


Roberto Camarra, marzo del 2013.








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