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Campari con naranja

Ahora que me cuesta dormir y sin embargo el cansancio húmedo está en los huesos y no se va, supongo que entiendo mejor ciertas cosas que decían mis abuelos y siempre las pensé como parte de otras historias y cuentos que contaban.
Ahora que estoy en un momento en que no puedo leer, ni ir al cine, ni escuchar música ni hacer nada que no sea pensar en lo próximo que tengo que hacer, ahora que estoy en una etapa de esas en que las cosas no son una deriva sino un rápido de agua de montaña lleno de piedras que va a algún sitio que desconozco, intento, con esfuerzo, seguir las descripciones de todos nosotros que al escribir sobre el cuerpo hace el zoólogo Desmond Morris en El Hombre Desnudo, aquello que dice que nada es otra cosa que eso que venimos haciendo desde hace tanto tiempo, como los monos o los pájaros, y me sorprendo cuando afirma que la cooperación, está en nuestro espíritu genético y que en lo que nos hace humanos; está en lo que comemos, en lo que somos, en lo que nos hace sobrevivir.
Por eso, dentro de las cosas que uno cruza en la calle y no ve porque no quiere hacerlo, la otra noche, rodeo por un lado a un hombre que duerme en un colchón matrimonial en Corrientes y San Martín, con sábanas y frazadas, en un living ausente en un frente abandonado y sucio del microcentro de Buenos Aires. Un hombre que duerme en la calle y sueña que tal vez duerme en un colchón que flota con pequeñas luces del colores en el agua que algún día inundará todo.
En  I Don't Want To Sleep Alone, del malayo Tsai Ming Liang, hay colchones que llevan a la deriva en un océano de agua a hombres que los rescatan de la podredumbre y los limpian con paciencia oriental. Los limpian en grupo, pero eso ya no puede evitar el agua, que aparece recurrentemente en Tsai Ming Liang, el agua y el humo que parecen, como la niebla de amoníaco de Buenos Aires, terminar por cubrir las casas y los pisos de las construcciones del caos, como terminarán de cubrir los espacios vacíos, los vagabundos que aparecen a la noche detrás de los silos de Puerto Madero. En el film de Tsai Ming Liang un grupo de inmigrantes recuperan los colchones porque rescatan de la calle a un hombre que no tiene lengua en la cual hablar y entenderse y ya no tiene cuerpo que lo sostenga, golpeado hasta el desmayo por un grupo violento que lo deja sin sentido por una apuesta en un callejón. Lo llevan para rescatarlo, otros inmigrantes, otras lenguas, lo llevan por el espíritu de cooperación que dice Morris o para que no duerma solo y tenga sueños en los que duerme solo en colchones que flotan en las esquinas.
Ahora que veo cosas que no entiendo comienzo a sospechar que no las entenderé nunca, si es que siguiendo a Morris, llevamos tanto tiempo con los tatuajes y las marcas en el cuerpo y no dejamos de ser animales que han perdido la selva y sobreviven como pueden; como esos osos que ocupados sus bosques y sin comida se meten en los garages o en los fondos de las casas en algunos barrios en Estados Unidos y se dedican a espantar a los habitantes.
Ahora, que la neblina o la bruma de un escape tóxico nos cubre, no puedo dejar de pensar en algunas imágenes que producen pibes de 16 años y que poseen la alegría de la colaboración; fotografías o videos que tienen la inconsciente posibilidad del futuro, la increíble felicidad de la posibilidad, en las que se miran se reconocen, temen y bailan; algo que luego, y ahora, pierdo o se pierde por el dolor en el cuerpo, cuando la niebla o el amoníaco empieza a sentirse en los huesos y apenas me queda el sabor del Garibaldi en la boca, en una barra decadente de un bar que se pretende francés, en el que el gusto de las naranjas se convierten en Campari, un poco amargo y tan explícito de lo que me pasa.
Por eso, a pesar del humo o de la neblina o del frío, todavía hay algo vital, algún resto del deseo, de la idea de que el deseo haya vencido al sueño: algo que aún nos pertenece en querer bailar pistas y canciones remixadas horrendas y que suenan incomprensiblemente fuertes a la espera de una respuesta sonora, acaso, desde otro planeta, a la madrugada de un sábado en un bar pretencioso y vacío; querer bailar y ser el rey o la reina de la pista, una pista vacía, una pista con señales del derrumbe, pero bailar, con una corbata nueva, unos zapatos con plataforma o con una pollera dorada, una oportunidad única en este viaje en las estrellas cuando en la nave de la tierra tomamos Campari con naranja y el gusto amargo en la lengua lucha con el sabor liviano de las naranjas que sueñan con el futuro, un futuro en el que los colchones flotan con hombres que dormidos sueñan que no duermen solos a la deriva de nuestra existencia en este océano de bruma.



Roberto Camarra

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